Cuando la muerte llega demasiado pronto.
Las muertes de personas jóvenes o en plena madurez nos conmueven de manera especial. No solo porque parecen interrumpir algo que aún estaba en construcción, sino porque proyectamos en ellas una injusticia irreparable: los planes sin cumplir, las familias incompletas, los futuros robados. Cuando alguien como Antonio Serrano muere de manera súbita, no solo lo llora su entorno: la sociedad entera siente una punzada, aunque no lo haya conocido.

Antonio, técnico forestal del Equipo de Prevención Activa Forestal (EPAF) de Granollers, perdió la vida a los 46 años mientras trabajaba en la extinción del incendio de Paüls. Padre de un niño de diez años, Antonio estaba sentado cuando una roca de grandes dimensiones se desprendió y lo arrastró por un precipicio de veinte metros. El accidente ocurrió en cuestión de segundos, durante un momento en que ni siquiera estaban en plena acción, sino haciendo un alto en el trabajo.
El inspector de los Bomberos de la Generalitat, Joan Rovira, compareció al final de la tarde para explicar lo sucedido. Desde el centro de mando instalado en Tortosa, Rovira relató que el equipo estaba fijando el perímetro del fuego y que, pese a las precauciones, la fatalidad se impuso. Visiblemente emocionado, explicó cómo el desprendimiento sorprendió a todos, llevándose consigo a Antonio antes de que nadie pudiera reaccionar.
Cuando la prioridad deja de ser el incendio.
Nada más ocurrir el accidente, se activaron los protocolos de emergencia. El equipo sanitario del Sistema de Emergencias Médicas (SEM) acudió rápidamente, mientras los compañeros intentaban auxiliar a Antonio en el lugar del suceso. También en el hospital Verge de la Cinta de Tortosa se hicieron esfuerzos por salvarle la vida, pero ninguno de ellos tuvo éxito. La tragedia fue inmediata y devastadora.
Joan Rovira lo resumió de forma sencilla pero poderosa: “El cuerpo de bomberos está triste, de duelo, todo lo que nos preocupaba del incendio ha pasado a un segundo plano”. El impacto humano de la pérdida atravesó la estructura jerárquica: desde la consellera de Interior, Núria Parlon, hasta los mandos de los bomberos, todos se desplazaron al hospital para acompañar a la familia de Antonio. La emergencia dejó de ser el fuego, y pasó a ser el dolor.
A pesar del duelo, Rovira pidió paciencia y respeto: los detalles técnicos sobre el accidente y el estado de las labores de extinción del incendio se darán a conocer al día siguiente. Mientras tanto, el incendio de Paüls —activo desde el lunes— había arrasado ya 3.321 hectáreas, de las cuales más de mil pertenecen al parque natural de Els Ports.
Cuando el héroe tiene nombre.
Las noticias de grandes incendios suelen llenarse de cifras y mapas, pero pocas veces se detienen en los nombres. Antonio Serrano era uno de esos nombres que casi nunca aparecen en titulares, aunque su trabajo resultaba crucial para que el resto de nosotros no tuviéramos que preocuparnos por el avance del fuego. Su muerte recuerda que detrás de cada emergencia hay personas con historias, familias, sueños.
A menudo, quienes trabajan en la prevención de desastres lo hacen en silencio, con vocación de servicio, sin buscar reconocimiento. Pero cuando algo sale mal, la pérdida ilumina, de forma dolorosa, el valor que tenían en vida. Antonio no fue solo una víctima de un accidente laboral; fue un hombre que asumió el riesgo de proteger los bosques y a la comunidad.
El incendio de Paüls, que los Bomberos esperan tener controlado en cuestión de horas, dejará una cicatriz en la tierra. Pero la pérdida de Antonio deja una cicatriz más profunda: la que no se mide en hectáreas, sino en ausencias. Una pérdida que recuerda a todos que, en cada incendio, siempre hay algo más en juego que el paisaje.