
España dice hoy adiós a una de las grandes figuras de su escena. La actriz Gemma Cuervo ha fallecido a los 91 años en el Hospital de La Paz, en Madrid, tras una vida consagrada al teatro, la palabra y a un oficio que ella entendía como un ejercicio profundo de autenticidad.
Durante más de sesenta años, Cuervo fue una presencia fundamental en la cultura española. Teatro, cine, televisión y radio formaron parte de una trayectoria extraordinaria en la que supo moverse con naturalidad entre distintos géneros y generaciones. Siempre mantuvo una elegancia sobria y una forma de entender el arte como un acto de entrega, no de exhibición.
Nacida en Barcelona en 1934, comenzó a actuar muy joven en el Teatro Español Universitario, un espacio donde también se formaron muchos de los grandes nombres de la escena española. Su debut profesional llegó junto a Adolfo Marsillach en Harvey, y poco después el director José Tamayo la incorporó a la Compañía Lope de Vega. Aquel fue el inicio de una carrera que, con el paso del tiempo, la convertiría en una de las intérpretes más respetadas del país.
El teatro fue siempre el centro de su vida artística. En los años sesenta fundó su propia compañía junto a su marido, el actor Fernando Guillén, compañero tanto en la vida como en los escenarios. Con esa compañía recorrieron España y también otros países, llevando al público un repertorio exigente que incluía a autores como Sartre, Camus o Cocteau, en un contexto en el que programar a estos dramaturgos no siempre era fácil.
Aquella iniciativa también tuvo un componente de valentía. En plena dictadura, apostaron por textos que planteaban preguntas incómodas y defendían un teatro de pensamiento. El proyecto terminó en 1975, tras el apoyo de la compañía a la huelga de actores, pero dejó una huella significativa en la historia reciente del teatro español.
Su carrera sobre las tablas fue extensa y memorable. Interpretó textos de Lorca, Shakespeare, Molière, Buero Vallejo, Casona o Valle-Inclán. Participó en montajes emblemáticos como Bodas de sangre, Orinoco, Los hijos de Kennedy o El castigo sin venganza. Su despedida de los escenarios llegó en 2011 con La Celestina, uno de los personajes más complejos del repertorio clásico español.
Aunque su prestigio se consolidó en el teatro, el gran público la conoció especialmente gracias a la televisión. En los años noventa participó en Médico de familia, donde interpretó a Consuelo Moreno. Más tarde, en los años dos mil, alcanzó una enorme popularidad con Aquí no hay quien viva.

En esa serie dio vida a Vicenta Benito, un personaje excéntrico, irónico y profundamente humano que se convirtió en uno de los más queridos de la ficción televisiva española. La serie, que hoy forma parte del imaginario colectivo de varias generaciones, permitió que una actriz con una larga trayectoria teatral volviera a conquistar al público desde la comedia.
Más allá de sus personajes, Gemma Cuervo fue también una mujer profundamente consciente de su oficio y del compromiso que implica dedicarse al arte. Incluso en sus últimos años permaneció cercana al público, participando en entrevistas, encuentros y documentales en los que recordaba su trayectoria y reflexionaba sobre la vida, la familia y el paso del tiempo.
Hace unos meses compartía una reflexión dirigida a sus hijos —Natalia, Fernando y Cayetana Guillén Cuervo— que hoy resuena con especial emoción:
«Queridos jóvenes, vuestros padres decidieron traeros al mundo sin manual de instrucciones. Improvisaron, se equivocaron y sacrificaron muchas cosas intentando hacerlo lo mejor posible».
Esa sinceridad definía bien su forma de entender la vida: con la misma verdad con la que abordaba cada papel.
A lo largo de su carrera recibió algunos de los principales reconocimientos de la escena española, entre ellos el Premio Nacional de Teatro, un Premio Ondas, el Max de Honor y la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes, además de numerosos galardones que celebraron toda una vida dedicada al escenario.
Sin embargo, quizá el reconocimiento más valioso fue el respeto de sus compañeros y el afecto de generaciones de espectadores. Gemma Cuervo pertenecía a una generación de actores que concebían el teatro como un hogar y la interpretación como una forma de dignidad: artistas que aprendieron el oficio viajando, ensayando durante semanas y defendiendo cada noche un texto frente a un público distinto.
Con su muerte desaparece una de las últimas representantes de esa tradición.
Le sobreviven sus hijos, entre ellos los también actores Fernando Guillén Cuervo y Cayetana Guillén Cuervo, que han continuado el legado artístico de una familia profundamente vinculada a la cultura española.
Hoy el teatro, la televisión y el cine despiden a una actriz irrepetible. Pero, sobre todo, despiden a una mujer que dedicó su vida a contar historias. Y que lo hizo siempre con verdad.